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April 28, 2017
Friday, April 21, 2017

Un plan económico sin sustento

El problema con la terca adhesión del gobierno de Mauricio Macri a los objetivos de 17 por ciento de inflación y 3,5 por ciento de crecimiento, tal como estipula el presupuesto 2017, no es simplemente el hecho de que se desafíe la realidad, sino también que sean objetivos mutuamente excluyentes. En este sentido, la meta de inflación anual aún podría alcanzarse a pesar de la tasa alarmantemente alta del 2,4 por ciento registrada el mes pasado, pero sólo si desciende aún más el crecimiento, que ya bajó de un posible máximo del 5 por ciento a comienzos del 2017 hasta llegar a nada más que anular la contracción del 2,3 por ciento del año pasado, según prácticamente todas los pronósticos económicos (incluyendo el Fondo Monetario Internacional). Por otro lado, el crecimiento aún podría alcanzar las expectativas originales (aunque tan sólo sea en comparación con los niveles recesivos del 2016), pero habría que deshacerse de la idea de un 17 por ciento de inflación. El alza de los precios en los últimos meses suele explicarse por las fuertes subas en las tarifas de los servicios públicos (o su “contagio” a la inflación núcleo), pero también podría reflejar una demanda superior en los sectores más fuertes como la producción agropecuaria o las ventas de automóviles (la producción de acero crudo subió en un 23 por ciento el mes pasado), y se espera que las obras públicas reciban un impulso con la cercanía de las elecciones.

Sin embargo, la incoherencia de la política económica del gobierno de Macri va más allá de los objetivos mutuamente excluyentes. Tampoco tiene la excusa de ser un experimento novedoso que podría o no funcionar. Al contrario, la combinación macrista de ortodoxia monetarista y flexibilidad fiscal es la misma historia de siempre. El rasgo común de casi cualquier alternativa que se haya probado frente a la opción de imprimir más billetes para cubrir el gasto público (desde la “tablita”, el gasto militar desenfrenado y la cuadruplicación de la deuda externa bajo las juntas de 1976 a 1983 hasta la convertibilidad de Carlos Menem, en la que la paridad del dólar con el peso coexistía con presupuestos indisciplinados). Si el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, realmente cree posible un 17 por ciento de inflación para este año, ¿por qué sube las tasas un 26 por ciento cuando el crecimiento está cayendo por debajo del objetivo? Y si nos fijamos en un objetivo oficial más, un déficit fiscal para este año que no pasa un 4,2 por ciento del Producto Bruto Interno, algunos economistas ya calculan que el déficit real podría ser el doble de aquel nivel; ante el aumento de las obras públicas y otras medidas electoralistas, el alarde del propio gobierno sobre el gasto social más alto de la historia argentina y la multiplicación de ministerios bajo Macri (al menos uno de ellos con el objetivo de achicar el Estado), a la coalición oficialista le podrá resultar difícil demostrar lo contrario (en especial, sin los ingresos extraordinarios por el blanqueo fiscal para elevar la recaudación).

El gobierno apuesta todo a que la conclusión de las paritarias termine con una situación en que los precios de este año se paguen con los salarios del año pasado, pero a menos que esto mejore el consumo, Macri está condenado a una campaña electoral sin argumentos económicos.

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