Thursday
October 19, 2017
Friday, April 7, 2017

Historia de dos repúblicas

Las similitudes entre Ecuador y Venezuela no se limitan a sus banderas casi idénticas, pero en los últimos días hemos visto algunas disparidades reveladoras. Los eventos confusos de Venezuela en los que el presidente Nicolás Maduro finalmente abandonó la idea de encarnar definitivamente un gobierno autoritario contrastan con la decisión de la izquierda gobernante de Ecuador de someterse al veredicto popular en elecciones limpias, para luego conquistar una victoria clara, aunque estrecha, en el balotaje del domingo. Tampoco hay que considerar separadamente ambas situaciones, ya que si en Venezuela se hubiera persistido en negar las premisas democráticas y constitucionales más básicas, ¿quién sabe si un porcentaje suficiente de los ecuatorianose se hubiera negado a patrocinar una ideología aliada hasta el punto de afectar el resultado (¿quizás alguien en Caracas tuvo la perspicacia para ver que el mal momento de la movida antiparlamentaria de la semana pasada hubiera podido significar la pérdida de Ecuador para el eje bolivariano regional? Hasta ahora, incluso las variantes del populismo latinoamericano más desdeñosas de la democracia burguesa siempre habían respetado los veredictos electorales (el rechazo del voto popular iría en contra de la esencia misma del populismo). La insistencia en la escandalosa usurpación del Congreso por parte del Tribunal Supremo la semana pasada (con el precedente atroz de Alberto Fujimori de Perú en 1992) hubiera sido demasiado.

El presidente electo de Ecuador, Lenín Moreno, es una persona muy distinta a Maduro, pero sus situaciones son similares. Ambos son herederos de líderes muy carismáticos (el presidente saliente Rafael Correa y el difunto Hugo Chávez) que se ven obligados a sostener sus herencias en tiempos mucho más difíciles para sus economías dependientes del petróleo (mucho más Venezuela que Ecuador). Sin embargo, Moreno también tiene ventajas importantes con respecto a Maduro: su mentor sigue vivo, cuenta con el ejemplo aleccionador de Maduro y — a pesar de las acusaciones de fraude por parte del perdedor del balotaje, Guillermo Lasso, al estilo clásico de la derecha latinoamericana — su mandato goza de más prestigio en el exterior (la mayoría de los medios internacionales generalmente hostiles a Correa pronosticaron un triunfo de Moreno por un margen ligeramente superior al que terminó obteniendo).

En cuanto a Venezuela en sí, los últimos días demuestran que la situación en ese país es más imprevisible y compleja que nunca. Siempre ha sido vanamente simplista describir la situación como una gloriosa revolución o una lucha de la libertad contra la tiranía, pero el giro de 180 grados en contra de la disolución de un poder del Estado demuestra que los anticuerpos democráticos dentro del movimiento creado por Chávez aún perviven. Por otro lado, los llamados explícitos en favor de la intervención militar (especialmente desde el nuevo Gran Acuerdo Nacional-GANA, pero también desde la oposición más tradicional) demuestran que las acusaciones de “golpismo” no deberían limitarse a Maduro y que las alternativas existentes no son en absoluto los paladines de la libertad. No hay comienzo del fin a la vista para Venezuela; ni aun siquiera un fin del comienzo.

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