Saturday
June 24, 2017
Friday, April 7, 2017

Calles divididas

En octubre de este año, los argentinos concurrirán a las urnas para renovar el Congreso, pero en las dos semanas transcurridas desde el fin del verano, la política ha encontrado su expresión más viva en las calles: el masivo paro nacional docente en el primer día de otoño; la conmemoración del 41er aniversario del golpe militar de 1976, el 24 de marzo; las protestas encabezadas por la CTA seis días después; la movilización del fin de semana pasado a favor del gobierno y “en defensa de la democracia”; y, por último, el paro general de ayer convocado por la CGT (en rigor, la huelga del transporte hizo más para vaciar las calles que para llenarlas). Es decir, una diversidad de opiniones que reflejan una democracia sanamente pluralista, aun más allá de la polarización en favor y en contra de la presidencia de Mauricio Macri. En este sentido, si comparamos dos de las manifestaciones de tono antiMacri, la del 24 de marzo fue abrumadoramente de clase media, mientras que la protesta de la CTA fue sólidamente protagonizada por trabajadores, y más todavía la de sus colegas de la CGT peronista, el 7 de marzo.

Macri estuvo claramente exultante ante el éxito de las marchas del “1A” el fin de semana pasado, ya que rompieron con la racha de manifestaciones contra el gobierno, pero este triunfo inesperado que demostró su competitividad en el terreno de la movilización popular contradice una de sus tres prioridades principales; a saber, la reconciliación de los argentinos. Efectivamente, las divisiones sólo se han profundizado. Y esto va más allá de que la convocatoria hubiera sido organizada o espontánea. Dado el momento aparentemente impropio en que ocurrió — un sábado por la tardecita, cuando los habitantes de los barrios cerrados probablemente se hallaban fuera de la ciudad y otros sectores populares habrían estado interesados en el partido de Boca Juniors —, es probable que haya sido espontánea y que su éxito inesperado haya ilusionado al Presidente. Pero si bien el número de manifestantes superó las bajas expectativas, la reacción de Macri aludiendo al choripán, exacerbando las consignas más duras expresadas por ciertos manifestantes, chocó abiertamente con la retórica del diálogo y el consenso cultivado constantemente por el gobierno. Más allá de que la marcha hubiera sido inducida o espontánea, atrajo al núcleo de la base macrista, pero al gobierno le hubiera convenido callar y dejar que los números hablaran por sí mismos. En lugar de ello, se han hecho varias interpretaciones equivocadas: que la marcha legitimizaría la línea dura hacia los piquetes y las protestas; y que demostraría el éxito de los anuncios respecto a las obras públicas, sociales y de viviendas, cuyas consecuencias reales en beneficio social están lejos de ser evidentes.

Estas manifestaciones podrán ser sobreestimadas (aún las más exitosas apenas albergan al uno por ciento de la población), pero esta última serie parece confirmar las encuestas de opinión que han demostrado respectivamente la existencia de un 30% opositor al gobierno de Macri — sin importar sus logros — y otro 30% dispuesto a respaldarlo — aun sin resultados económicos—; mientras que el 40% restante se convierte así en el campo de batalla para el veredicto de octubre.

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